Días ordinarios #1

Me gustan las noches sola, la casa grande en penumbras y en silencio. Afuera la ciudad dormita oscura y silenciosa, hace frío pero tengo las persianas y cortinas abiertas para ver sus luces y las nubes tormentosas opacando el cielo.

Me gusta calentar la comida, sentarme a comer con música suave de fondo. Apenas me acomodo Narnu sale de su gorro para cenar conmigo, mastica incansable y me mira como diciéndome “se está bien acá”.

Ha empezado el otoño y los primeros fríos me empañan la nariz.

A veces vuelco bergamota o melisa en el hornito y dejo que la casa se llene de aromas. A veces limpio, casi siempre guardo, acomodo, ordeno. Algunos días miro fotos o releo papeles viejos, a veces me echo en el sillón a ver series o a leer.

Es un tiempo sin tiempo, un espacio suspendido en el medio de la nada. Un universo pequeño sólo para mí.

Casi siempre, sin que lo busque, me dan ganas de escribir. Hoy además recordé esa mañana en Montevideo, treinta mujeres con los ojos cerrados escuchando a Bebé: “y la dejaste volar… Y tus ojos lloraron hasta doler. Pero sólo tú sabías que así tenía que ser”. Creo que estábamos acostadas en la alfombra, sé que yo lloraba y que después escribí algo que hice un esfuerzo enorme para poder leer.

Para escribir necesito hacerme nido de mí misma, siempre; es la única manera.

Ahora es mucho después de haber pensado todo esto que escribo; novia ya llegó, la oigo hacer sus cosas en la cocina mientras escucho en bucle esa canción como un arrullo.

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