Querida T.

Día 4.

¿Te acordás de esa vez que llegué llorando a tu casa? Nos estábamos por mudar y mis hermanas querían la pieza rosa, el más luminoso pero más pequeño de los cuartos disponibles, aunque ellas eran dos. A mí, entonces, iba a tocarme la pieza azul, la opaca, la enorme. Y en la pieza iban a ponerme el escritorio grande, y en el placard iban a ponerme las toallas, los toallones, las sábanas, los abrigos de invierno. Y yo lloraba porque las iba a tener todo el día adentro de mi pieza, porque iban a entrar y a salir todo el tiempo, porque iban a hacer la tarea en el escritorio que yo no quería pero me tocaba a mí. Vos me escuchaste, me abrazaste, me secaste las lágrimas con tus manos siempre frías, como las mías. Y me dijiste que no pasaba nada. Que mis hermanas iban a tener su pieza y que no iban a estar en la mía. Que a lo mejor sí tenían que buscar cosas pero que no iban a detenerse. Que me estaba haciendo mucho problema pero que ninguno de esos escenarios imaginarios iba a pasar, y que si pasaban no iban a ser tan terribles. Y que la pieza iba a quedar bonita aunque fuera media oscura y triste, porque la iba a llenar de mis cosas y de mis libros y a hacerla mía, porque iba a transformarse en mi lugar.

En ese momento me sentí una tonta. Claro que no iba a ser tan terrible, si todo el asunto era una pavada. A lo mejor era que necesitaba llorar por algo. Porque no había podido elegir pieza, tal vez, porque nadie me había preguntado.

Hoy me pasó algo similar. Ayer no podía dejar de llorar, me invadía la angustia. Por qué yo, por qué sola. Por qué nadie quiere hacerse cargo de una situación que nos atañe a todos. Por qué todos se abren y entonces quedo lidiando con algo que no me corresponde, que nunca me correspondió. Qué pasa si la situación empeora. No quiero y sin embargo sé que voy a estar, porque lo estoy eligiendo. Porque no puedo hacer de cuenta que no pasa nada, porque late, habla, se mueve, nos mira, se retuerce, protesta y necesita a alguien, a quien sea. Ayer no podía dejar de llorar y hoy apareció S. sin que la llamara, como intuyendo que estaba necesitando que me sacudieran. Le conté e hizo lo mismo que vos casi diez años atrás: me escuchó, me abrazó a la distancia y me dijo que me calmara, que no era tan terrible. Que si todos ya habían elegido, yo también tenía que elegir, y que no lo rumiara tanto. Que haga lo que tenga que hacer sin dibujar escenas imaginarias en mi cabeza, que si después vuelvo a mi casa preguntándome por qué, sintiéndome peor, entonces no le sirve a nadie. Que otros han pasado por cosas mucho peores y acá están, que nadie muere, que ni siquiera es como si estuviera realmente cargando con todo porque no, porque no es así. Que con las dificultades iré viendo que hacer a medida que vayan apareciendo. Que no me desespere y no me haga un mundo porque hay opciones, montones. Que voy a estar bien.

Y tiene razón, obvio, como vos la tuviste esa vez.

 

Creo que al final nunca te dije, pero mi pieza terminó siendo mía. Nada fue un problema: ni el placard ni el espacio ni nada. Me apropié de ese escritorio del que tanto renegué y nadie quiso mi pieza para nada aunque a mis hermanas la suya a veces les quedara chica. Y la pieza siguió siendo azul, enorme, un poco opaca, pero mía.

PD: Te extraño, pero no estoy triste. Soy un poquito vos todos los días.

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