Angustia

Día 3.

Hoy pensé que la angustia no me iba a dejar escribir. La conozco y sé que es un lago de una profundidad traicionera y oscura. Mientras hago pie me empuja a garabatear páginas de letras desprolijas y furiosas, a sacarlo todo afuera, desordenado, como se puede. Pero apenas pasado el límite, cuando dejo de sentir el barro bajo mis pies y sólo queda la corriente helada, ahí me paralizo.

Y no puedo nada, no me queda fuerza para nada porque todo lo consume un vacío enorme, todo lo atropella una rueda negra que gira en espiral siempre hacia abajo.

Hoy lo sentí. Ese momento en que un pie avanza y cuando quiere pisar no encuentra nada a lo que afirmarse.

Y fueron las lágrimas y esta sensación que todavía me aplasta el pecho y me vuelve difícil respirar.

Siento que me ahogo.

Quiero romper algo prender fuego escupir fuera gritar vomitar golpear algo golpearme llorar llorar más fuerte que me duelan la garganta los puños las piernas. Que algo transforme esta angustia viciada en una fuerza reactiva, transformar en movimiento esta pesadez que me aplasta.

En días como hoy me doy un poquito de miedo.

Me rescataron los abrazos y esas voces que valoran en mí todo lo que no valoro yo. Esas manos que no sueltan las mías.

Y la luz… La luz está en la palabra

que es a la vez eso a lo que más le temo.

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